sábado,19 may 2012

La catedral de Plasencia ha acogido este miércoles la Misa Crismal

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Este miércoles Santo la catedral de Plasencia ha acogido una celebración en la que se han bendecido los Santos Óleos. 

Presidida por el obispo Amadeo Rodríguez Magro, el acto ha congregado a un gran número de sacerdotes de la diócesis, así como a los miembros de curia diocesana. 

El momento mas importante es la consagración de los oleos por parte del prelado placentino, en donde los tres recipientes que portan este signo clave en la vida cristiana, reciben la bendición obispal. 

Tres son los santos oleos, el primero el Santo Crisma, utilizado para las ordenaciones sacerdotales, confirmaciones, bautizos, consagraciones de altares y de iglesias. El segundo es el óleo de los catecúmenos, que sirve para ungir a los que se preparan para recibir el bautismo y el tercero y ultimo, el llamado Óleo de los Enfermos, usado en el Sacramento de la unción de los enfermos

Esta Misa Crismal, a pesar de ser sobria en su ejecución, es muy importante para el funcionamiento diario de las iglesias cristianas, ya que tras la bendición de estos oleos, son distribuidos a través de los sacerdotes y párrocos, a todas las iglesias del territorio de la diócesis. 

Esta consagración, al igual que en plasencia, se celebra, este mismo dia, en todas las demás sedes episcopales, coincidiendo con la fecha del jueves santo, o en este caso, miércoles santo.

 

 

 

 

Homilía del obispo de Plasencia en la Misa Crismal

 

Homilía en la Misa Crismal 2011

Con el perfume de Cristo

 

 

Mis queridos sacerdotes y diáconos,

Queridos consagrados y consagradas,

Queridos fieles todos

Dios se acerca a tocarnos

En la Misa Crismal, junto a la celebración del misterio redentor de Jesucristo, se bendice y consagra el aceite que es signo de alegría y honor, es un remedio curativo y es un elemento utilizado en los ritos de consagración. Se trata de un aceite que enriquece la vida de la Iglesia con la consagración de hombres y mujeres por el Bautismo, la Confirmación, el Orden Sacerdotal, y que hace de bálsamo que fortalece en el dolor y en la enfermedad, al tiempo que abre a la esperanza de vida eterna en la Unción de los enfermos. Por el aceite perfumado que hoy dejará su olor entre nosotros, se perfumará la vida de los bautizados, confirmados y consagrados con el insuperable buen olor de Cristo. El aceite es un elemento sacramental, a través del cual interviene en la Iglesia el Espíritu Santo, que nos acerca la bondad de Dios que quiere tocarnos con sus manos misericordiosas.

El Señor ha querido que las cosas sean así. Él, en su pedagogía divina, quiere que su gracia penetre en nosotros de lo visible a lo invisible. El aceite es, pues, un elemento santo, un medio de santificación del Pueblo de Dios. ¡Tratemos, hermanos sacerdotes, con extraordinaria delicadeza lo que a nosotros mismos nos ha consagrado con un sello indeleble de pertenencia a Cristo y que pasará por nuestra manos como elemento para la santidad y la fortaleza de nuestros hermanos!

En el contexto de esta Misa Crismal, la Iglesia convoca en la mañana del jueves santo (miércoles santo nosotros), en plena celebración del misterio pascual, al pueblo de Dios, pueblo sacerdotal y, de un modo especial, a los sacerdotes y diáconos. Nos reúne en la cercanía de la Cena del Señor con sus apóstoles, para que así se manifieste nuestra identificación con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Lo hacemos, además, en la unidad del presbiterio y en torno al Obispo, que tiene la plenitud del sacerdocio y es principio y vínculo de unidad en esta Iglesia placentina. Por eso la Iglesia ha considerado que ésta es una ocasión propicia para hacer la renovación de las promesas sacerdotales. Para ahondar espiritualmente en este gesto personal y comunitario, hago con una reflexión sobre algunos de los rasgos de nuestra vida sacerdotal.

Como siempre, la Palabra de Dios nos ha de marcar el camino a seguir. El Señor nos habla también a nosotros hoy con la cercanía de su voz paterna, que quiere que nos sintamos hijos que entran en diálogo con Él; pues sólo escuchando su voz podremos acompañar a otros hijos de Dios. No obstante, no nos separaremos del olor que en esta celebración dejan el aceite bendecido y consagrado. Es más, en cada una de las lecturas proclamadas en esta Eucaristía se nos ofrece un matiz del perfume del aceite que hoy se consagra y bendice. En esta interpretación me dejo llevar de un gran teólogo de nuestro tiempo (Bruno Forte).

El perfume de la alegría

En la primera lectura, tomada del Profeta Isaías, se nos invita a vivir y a repartir alegría, el perfume de la alegría: “El Señor me ha ungido…para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión; para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos”. Pues sí, hermanos, la alegría pertenece a nuestra vida, a nuestra condición de sacerdotes y, por supuesto, pertenece a nuestra misión. Siempre hemos de darle gracias al Señor por encomendarnos ser testigos “del gozo del Dios gozado”, como decía en unos bellos versos un poeta extremeño, sacerdote él (Francisco Cañamero). Somos testigos de buenas noticias: nuestra vida y nuestro mensaje llevan la alegría y llevan a la alegría, que es compatible con el sufrimiento e incluso con el martirio. Somos colaboradores de la alegría del mundo (2 Cor 1,24). Se trata de una alegría que nace siempre en nosotros como acción de gracias a la fuente de la que provienen nuestros dones: del amor misericordioso de Dios. Nuestra alegría lleva siempre gratitud en sus entrañas.

Yo mismo quiero hoy, ante vosotros y ante el pueblo de Dios, darle gracias al Señor por vosotros, queridos sacerdotes. ¡Gracias por ser como sois! Gracias por vuestro testimonio de fe y de servicio. Gracias por amar a nuestro pueblo y por dejaros querer por la gente. Gracias por ofrecer cada día, con un renovado empeño, el amor de Dios con vuestra vida y en vuestra misión. Gracias por vuestros sacrificios, por vuestras horas de fatiga, por vuestra soledad y quizás también por las incomprensiones que a veces tenéis que sufrir. Soy testigo -lo compruebo en la visita pastoral- de la capacidad de comunicación espiritual y humana que hay entre vosotros y los fieles a los que servís en el nombre del Señor. ¡Qué maravilloso misterio el de la comunión entre el sacerdote y los fieles! Le doy gracias al Señor de corazón y proclamo, insisto, mi alegría por vuestro sacerdocio; por la belleza y dignidad de vuestra misión, y también de la mía, que siempre van unidas. También le doy gracias por nuestros seminaristas, al tiempo que le pido que nos ofrezca pronto la luz de una nueva vocación. Por vuestra parte, querido sacerdotes no olvidéis nunca de imitar a Jesucristo en su llamada: el “ven y sígueme”, pertenece a la esencia de nuestro ministerio.

El perfume de la consagración

La segunda lectura, del libro del Apocalipsis, habla del perfume de la consagración y nos recuerda que el consagrado por excelencia es Jesucristo “el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra”. Él “nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre”. En efecto, en Jesucristo hemos sido consagrados, hemos sido unidos a su persona y configurados con él, para actuar en su nombre y representación (in persona Christi Capitis). La consagración, como sabéis por experiencia, establece siempre una relación esencial con Cristo, los consagrados somos y vivimos en él; pues todo en nuestra vida, desde nuestro corazón a nuestras acciones, ha de tener la forma de Cristo. Para renovar y madurar esta identificación, os propongo entrar en el lema con el que los jóvenes se preparan para las Jornadas Mundiales de la Juventud: “Arraigados y edificados en Cristo. Firmes en la fe” (Col 2,7). También para nosotros ha de ser un lema que despierte los ideales de nuestra juventud sacerdotal y los renueve en su madurez. Se trata de una invitación a recuperar nuestra raíz y a redescubrir cuál es el sostén de nuestra vida.

El arraigo, como sabemos todos muy bien, nos recuerda que en la vida de todo sacerdote se ha de establecer, como amistad esencial, una relación personal con Jesucristo. Siguiendo a Benedicto XVI, os cito un testimonio que considero recoge muy bien la reflexión que cada uno de nosotros debería hacer, para poder llegar, como él, a sus mismas conclusiones. Dice el Papa en su mensaje a los jóvenes: “En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.” En fin, hermanos, que nunca perdamos de vista cuáles son nuestras raíces. Que no nos olvidemos que todo en nosotros pasa por nuestra identificación con Jesucristo.

Y si Cristo es nuestra raíz, también la vida la hemos de construir sobre él, pues sin él no somos nada, no hacemos nada. En todo momento lo necesitamos para construirnos a nosotros mismos y, por supuesto, lo necesitamos para construir en su Iglesia. “Sin mi nada podéis hacer” (Jn 15,5), nos dice el Señor. En cualquier caso, la base para una vida en Cristo está en saber mantenerse firmes en la fe: una fe sólida, una fe humilde, una fe personal; en definitiva, una fe fraguada en la Eucaristía, fortalecida en el Sacramento de la Penitencia, manifestada en el reconocimiento de Jesucristo en los pobres, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda. Siempre nuestra fe será la de los bienaventurados que creen sin haber visto (Jn 20,29. Y siempre será la fe sostenida en la Iglesia. Nunca deberíamos olvidar que nuestra fe está vinculada a la fe de la Iglesia: es la fe profesada en la Iglesia la que asegura nuestra fe personal. 

El perfume de la misión

En el Evangelio que hemos escuchado se nos presenta el perfume maravilloso de nuestra misión. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”. También nosotros hemos sido habilitados por el Espíritu Santo como ungidos que llevan en su corazón con ardor la pasión por el Reino de Dios. Pidamos al Señor que este fuego no se extinga jamás, que el ansia de anunciar a los pobres la buena noticia no deje nunca de quemar nuestro corazón. No podemos parar en la tarea hasta que no quede un solo prisionero al que llevarle la liberación; un solo ciego al que ofrecerle la vista; un solo oprimido al que acercarle la libertad; una sola situación de conflicto o de pecado a la que anunciarle el año de gracia del Señor.

Para esa disponibilidad en la misión es necesario que no vivamos para nosotros mismos sino que estemos siempre atentos a las necesidades de nuestros hermanos y, por tanto, que tengamos la puerta abierta de nuestra vida para ellos. Esto nos exige, como es natural, una gran libertad de corazón, una distancia sincera de nosotros mismos, una disponibilidad para servir las urgencias de la Iglesia sin la cortedad de miras de nuestros intereses personales o locales. Es necesaria en cada uno de nosotros la disponibilidad para servir en la Iglesia, que es siempre incompatible con servirnos de la Iglesia.

Este es tiempo para renovar nuestro compromiso con la evangelización, la nueva evangelización. También nosotros, como ha hecho la Iglesia, la hemos de poner en el primer puesto de la agenda de nuestro ministerio y “hemos de tener el coraje de transitar por nuevos senderos en las nuevas condiciones en las cuales la Iglesia está llamada a vivir hoy el anuncio del Evangelio”.

Que la Santísima Virgen, la que mejor encarna los perfumes de Cristo, ponga siempre en nuestra vida el perfume de la alegría, sin el cual no es posible la evangelización; el perfume de la consagración, que nos sitúa en el corazón del anuncio, en Jesucristo; y el perfume del ardor y la fuerza de la misión, que tanto se necesita en esta hora de la Iglesia y del mundo.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

 

 

 

 

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